Mitos y farsas del veg*anismo (II)

Otros mitos y farsas que encontramos alrededor del estido de vida veg*ano, son los siguientes:

“Los veg*anos son unos hippies.”

No niego que haya hippies veg*anos. También los hay que no lo son, incluso no todos los que surgieron en los ’60 lo eran. Pero lo que no es cierto, ni de lejos, es que todos los veg*anos lo somos. Pese a que existan campañas publicitarias que insistan en incidir en esta clase de estereotipos alejados de la realidad de la más que inmensa mayoría de los veg*anos, se intenta potenciar esta visión para crear un rechazo a priori de esta opción de vida. Es otra forma de fomentar la idea de poder, masculinidad y fuerza que lleva asociado el consumo de carne desde hace varios siglos. Es el mismo tipo de estrategia que se sigue en diversos films, donde los rudos gladiadores y defensores de su pueblo son a la vez ávidos consumidores de carne. Esto lo apreciamos en numerosas películas de caballeros del medievo o gladiadores romanos, aún a riesgo de caer en un pésimo rigor histórico: a partir los restos fósiles de los guerreros romanos, se sabe que estos consumían grandes cantidades de frutos secos, albaricoques y cereales, ya que tenían la creencia, y con razón, de que estos les otorgarían todo el poder que necesitaban para librar una batalla. Y los temidos vikingos del nórdico se alimentaban principalmente de cereales como la avena. Ya lo decía Plinio (79-23 a.C.): “Os iría mejor manteneros con las sanas coles y papillas de cereales que con faisanes y pintadas“.

Y ya se sabe, al poder de la indústria cárnica le interesa que no seamos bien vistos, y es por eso que el personaje del típico hippie de los ’60 con flores en la cabeza y melena enredada es el que se intenta asociar a los que estamos en contra de esa gran indústria sangrienta que tanto dinero genera. Si sumamos el desfase temporal que suelen representar este tipo de personajes para la inmensa mayoría, el consumo de estupefacientes del que solían hacer uso y abuso en el auge de este movimiento (y que los dejaba, como se les suele llamar despectivamente “colgados”) y que promulgaban una idea tan poco aceptada por familias nucleares como es “el amor libre”, tenemos un cóctel perfecto de rechazo. Añádele a esto una práctica que, según pensamientos carnívoros “elimina placeres gastronómicos” y tienes una bomba que salpica metralla a todo aquél que observa el veg*anismo como una posibilidad. Eso es lo que quieren: que no se tome como posibilidad.

Otra farsa de la que ya hice referencia en Mitos y farsas del veg*anismo (I) y en la que me gustaría profundizar, es la siguiente:

“Pues no veas lo que te pierdes.” La restricción alimentaria en veg*anos.

Como ya comenté, esto es otra farsa infundada. Para comenzar, los veg*anos no consideramos que nos perdamos nada al no comer músculos de otros animales, más bien todo lo contrario. Además, como ya apunté en el primer Mitos y Farsas, el veg*anismo no supone una carencia nutricional en ningún sentido y ni mucho menos significa una restricción de la variedad de ingredientes culinarios. Pero analicémoslo desde un punto de vista diferente.

Para los que siguen una práctica omnívora nosotros “nos perdemos” sabores deliciosos. Pero lo mismo opinan los caníbales de ellos. Según dicen, la carne humana es exquisita sobretodo cuando la carne es de alguien joven aunque no bebé.

Por otro lado, la gente que apunta que nos restringimos lleva realmente una dieta con poca variedad, mucha menos que la mayoría de veg*anos. Si hacemos una visión general de su alimentación habitual no toman mucho más que carne (cerdo, pollo, cabrito, ternera y en algunos casos conejo), algún pescado (atún, rape, boquerones, lenguado y salmón son los más comunes), huevos, lácteos (leche, yogures, quesos), las típicas verduras y hortalizas, que no suelen ser más de 7 , poquísimos cereales (trigo y arroz) y muy pocas legumbres (garbanzos y lentejas principalmente) y pocas frutas (no más de 5 ó 6) . Los veg*anos, en cambio, tomamos una variedad enorme de verduras y hortalizas, sobrepasando, con mucho, las 7 u 8 típicas, una gran cantidad de frutas (muchas más que 5 ó 6), una extensísima variedad de legumbres (lentejas rojas, amarillas y marrones, garbanzos, soja roja, verde y blanca y alúbias de todos los colores) y de cereales (arroz, quinoa, trigo, avena…). En cuanto a los lácteos los yogures de soja no tienen nada que envidiar a los de leche. Si se quieren quesos los hay de soja. Además, no olvidemos el tofu y el seitán. Y así muchísimas otras cosas. Además, al hacerte vegano experimentas tal curiosidad por el mundo de nutrientes vegetales que te atreves a comprar alimentos que antes ni mirabas, a consultar en libros y en internet la variedad que hay, y a cocinar platos con salsas y aderezos nunca antes probados.

Con todo esto quiero decir que todo depende de la perspectiva desde la que se mire. Los caníbales opinan que las culturas occidentales y orientales más modernas se privan de grandes manjares. Los que practican el omnivorismo piensan que los veg*anos nos restringimos mucho la dieta y nos perdemos exquisiteces. Y los veg*anos, a la vez, pensamos que son los omnívoros los que se pierden gran cantidad de alimentos. No se puede juzgar sin estar en el meollo. Así, yo no puedo opinar si la carne humana es exquisita o no, pero como he sido omnívora y ahora soy vegana os puedo garantizar una cosa: la sorpresa no viene por los sabores que dejas, sino cuando descubres la inmensidad de alimentos, sabores y texturas nuevas del mundo vegetal en el que tus papilas se abren paso.

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